Aureo Herrero

 

Colaboraciones

 

BICENTENARIO DEL COMPOSITOR FEDERICO CHOPIN

Por María Elisa Martín Lanchas


El Barraco, 24 de agosto de 2010

 

Federico Chopinae la noche. Bajo un cielo cubierto de nubes viajeras, una luna tímida consigue asomarse de vez en cuando en el sombrío castillo del Gran Duque Constantino, gobernador de Polonia, un coche tirado por cuatro jadeantes caballos entra en el patio de homenaje, haciendo resonar los muros.
Del carruaje desciende un niño de diez años, delgado, ojos negros y pálido semblante, que es introducido a toda prisa en el castillo y llevado por estrechos corredores hasta una habitación débilmente iluminada.
Allí se encuentra el Duque, sentado junto a una chimenea cuyas ascuas están a punto de extinguirse. El aristócrata es víctima de una terrible dolencia que, de vez en cuando, le obliga a comportarse con una brutalidad de un loco y la furia de un demonio. En esta ocasión sus ojos están fijos y miran intensamente, y sus manos se aferran a los brazos de la silla. Evitando hacer el menor ruido, los acompañantes del muchacho conducen a éste hasta un piano.
Segundos después comienzan a percibirse unos delicados sonidos musicales, extraordinariamente dulces; antiguas melodías maravillosamente armonizadas; breves arpegios y deliciosos acordes que suenan como si fueran minúsculas campanillas. Según van transcurriendo los minutos, una fantástica transformación comienza a producirse en el semblante del Duque: sus ojos pierden su fijeza y sus manos se aflojan. Y es que sólo una música interpretada al piano con esta exquisita gracia logra liberarle de los golpes de la enfermedad. Y ha de ser el pequeño Federico Chopin quien lo lleve a cabo, teniendo que ser llevado allí una y otra vez para aliviar a este atormentado ser.
Esta pequeña historia no es sino una más entre las muchas páginas poéticas arrancadas de la vida de Federico Chopin, cuyo nombre es símbolo de una gloriosa etapa en la historia de la música. Pues la que él escribió sobre el papel pautado hace doscientos años sigue siendo igual de lozana y bella.
            Chopin nació el 22 de febrero de 1810 en una señorial mansión cercana a Varsovia. Por sus venas corre sangre francesa y polaca. Su padre, Nicolás Chopin, había llegado allí procedente de Lorena, Francia, para tratar de hacer fortuna. En Polonia encontró trabajo como preceptor y conoció a una encantadora joven rubia de ojos azules, perteneciente a una noble familia. Ella sabía tocar el piano y él la flauta. Contrajeron matrimonio después de cuatro años de noviazgo.
            Federico fue el segundo de los cuatro hijos que tuvieron. Sus padres se sintieron encantados cuando comenzó a despertarse en el niño la afición por la música. Ya a los seis años de edad Federico había logrado componer pequeñas  piezas, y a los ocho dio su primer concierto de piano en público.
            Su profesor, Adalbert Zywny, animó a Federico a componer sus propias obras: polonesas y mazurcas, inspiradas en las danzas campesinas de su tierra, así como valses y minuetos. Más adelante, cuando Chopin estudiaba en el Conservatorio de Varsovia, su profesor, Joseph Elsner, intentó convencerle para que compusiera óperas, cantatas u obras para orquesta o cuarteto de cuerda. Pero esta clase de música “no inspiraba” a Federico Chopin. Donde verdaderamente hallaba su medio de expresión musical era en el piano, como había de hallarlo siempre.
            El éxito no se hizo esperar. Aquel pianista en ciernes emocionaba a los auditorios hasta tal punto que dondequiera que iba se veía rodeado de flores y de elogios. A la edad de quince años era ya todo un compositor, y el favorito de la alta sociedad de Varsovia. Pero pronto la capital polaca comenzó a resultar un campo demasiado limitado para él, y tomó la decisión de abandonar Varsovia y su familia, en contra de su voluntad.

–“Me da la impresión- escribía- de marchar al encuentro de  la muerte”.

Cuando partió, un grupo de personas formado por amigos y admiradores fue a despedirle. Chopin abandonó con lágrimas la ciudad a la que jamás había de volver.
            Ya conocido en su país y en Austria, Chopin llega a París. París, en el año 1831, era el más apasionante de todos los centros artísticos. Chopin pudo conocer allí a las figuras más conocidas del mundo de la música: Rossini, el autor favorito de la ópera italiana; Cherubini, director del conservatorio y Franz Listz. Con este último trabó una estrecha amistad. Ambos tenían aproximadamente la misma edad, igual pasión por la música y aspiraban a estar incluidos entre la élite de la sociedad parisiense.
            Esta nueva forma de vida traía consigo un grave inconveniente: Chopin disponía de escaso dinero y París era caro. No era sencillo organizar conciertos y la venta de composiciones resultaba imposible. La capital francesa disponía ya de buenos pianistas. Federico estaba tan descorazonado que su único deseo era marcharse a Londres o incluso a Estados Unidos.
            Así las cosas, conoció un día al príncipe Valentín Radziwill, hermano de un viejo amigo suyo de Varsovia. Radziwill invitó a Chopin a acompañarle a una recepción en casa del barón Rothschild. Aquella velada cambió por completo la vida Chopin, que de la noche a la mañana se convirtió en una celebridad. La alta sociedad le acogió en su seno. La baronesa de Rothschild quiso ser discípula suya, y otras acaudaladas damas siguieron su ejemplo.
            Por aquellos días, Robert Schumann, compositor y crítico, escribió un artículo acerca de uno de los primeros trabajos de Chopin (unas variaciones sobre un tema de Mozart), que comenzaba así:

-¡Descubrámonos, señores!, ¡He aquí un genio!

No pasó mucho tiempo sin que todos loes editores de París se disputaran las últimas composiciones del joven polaco.
            Los francos comenzaron a llover sobre él. Federico se compró un coche de caballos y contrató personal de servicio. Se encargó chalecos de color gris claro, malva y azul, y lucía capas forradas de brocado. Conocía a todo el mundo: financieros, artistas, nobles y a los más arrogantes miembros de familias de rancio abolengo. Era el más solicitado de todos los jóvenes de París.
            Durante los diez años siguientes, su fortuna y su éxito pudieron haberle tentado a dedicarse exclusivamente a una vida fácil, pero Chopin continuó componiendo música, una música digna de los dioses. Pulía sus obras hasta que éstas adquirían la nitidez más perfecta y cada nota que había en ellas era ya de por sí toda una obra maestra.
            George SandChopin contaba 26 años cuando George Sand llegó a su vida. George Sand, seudónimo éste de Aurora Dudevant, usaba pantalones, fumaba cigarros puros y escribía novelas. Al conocerla, Chopin escribió:

¡Qué poco atractiva es esta mujer!

Pero ella se encariñó con aquel enfermizo joven músico, que ya mostraba síntomas de tuberculosis. George Sand confesó una vez:

“Necesito sufrir por alguien”.


            La admiración de Chopin por esta dinámica y sensible mujer aumentó a pasos agigantados. Por su parte, la determinación de George Sand de cuidar de “su inválido” hasta lograr devolverle la salud se convirtió para ella en la misión más importante de su vida. Por consejo médico, para mejorar de su tuberculosis, los dos se trasladan a Mallorca. Sin duda alguna, pensaba, el sol del Mediterráneo le sentaría bien.Se instalaron en la Cartuja de Valldemossa, pero el invierno fue tan lluvioso que Chopin empezó a toser de una manera continua, y no les quedó otra solución que abandonar el lugar en el primer barco que tocase puerto.
            De vuelta a París sigue dando conciertos y componiendo, intercalando temporadas de reposo en la finca que George Sand poseía en el centro de Francia. George Sand continuó en su papel de enfermera hasta que se dio cuenta de que ella no sería capaz de curar a su paciente con la sola fuerza de su propia voluntad. Fue entonces cuando abandonó a Chopin, tomando como pretexto las constantes desavenencias que surgían entre ambos a causa de los dos hijos de ella.
            Cartuja de Valdemossa. MallorcaUn año antes de su muerte, Chopin aceptó la invitación de Jane Sterling, una de sus antiguas discípulas, para que visitara Inglaterra. Allí tocó para la reina Victoria y fue presentado a Carlos Dickens y a Lady Byron, entre otras muchas personalidades. Pero el clima inglés resultó desastroso para su salud.
            En noviembre de 1848 sus amigos tuvieron que llevarle a París, pero allí siguió agravándose. Cierto día, el joven polaco rogó a una vieja amiga que le había ido a visitar desde Polonia, la condesa Delfina Potocka, que cantase para él un par de canciones. La tos del músico era tan pertinaz que apenas pudo oírse la segunda. La condesa cantó con lágrimas de emoción.
            Dos días más tarde, Federico Chopin exhalaba el último suspiro, siendo enterrado en el cementerio del Père Lachaise. Una copa de tierra polaca, que le ofrecieron sus amigos cuando salió de su patria, y que fue conservada por Chopin, fue la primera que se vertió sobre su ataúd. En su tumba suele haber siempre flores frescas que llevan todos los visitantes del mundo.
            Tenía tan sólo 39 años de edad, pero había transformado el mundo. La música no volvería nunca más a ser ya la misma.

 

María Elisa Martín LanchasMaría Elisa MartínMaría Elisa Martín